viernes, 29 de julio de 2011

Las últimas palabras me gustan tanto como las primeras.

Las últimas palabras me gustan tanto como las primeras, aunque no exactamente en el mismo sentido que a Miles Halter. Me encantan las últimas palabras que pronuncian los criminales antes de se ejecutados, cuando intentan ser ingeniosos recordándole al pelotón de ejecución que no tiene todo el día; o cuando insisten en su inocencia, lo cual lleva a uno a comprender lo irrevesible que es la pena de muerte. ¿Cuántas veces se ha demostrado que el asesino era otro después de la muerte de un inocente atrapado en una situación terrible? Me encantas las últimas palabras de los poetas, escritores y dramaturgos que dejan bellas notas de suicidio o cantan al amor en su lecho de muerte. Y también las de las personas que son fieles a la profesión hasta el último aliento, como los gramáticos o esos bichos raros obsesionados con los tecnicismos de las palabras, que antes de dejar esta vida exclaman algo similar a: <<"Me estoy muriendo" o "Estoy a punto de morirme", ambas son correctas>>. No sé si la cita es exactamente así, pero lo importante es la idea.
Me encanta el arte y la libertad que ofrece, y me encanta cómo estimulan mi mente las últimas palabras. Podría perderme en mis pensamientos durante años si no fuera por que es necesario comer, beber e ir a la escuela.
Ojalá grabaran las últimas palabras de la gente corriente. No pueden encontrarse ni en internet ni en las bibliotecas. Cuán insignificante es uno si no ha hecho algo que la sociedad valore, si no ha crecido ni tenido esa posibilidad, o si no ha disfrutado de las oportunidades que se les han brindado a otros. Entonces las últimas palabras de uno carecen de importancia..

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